CREEMOS EN LA NECESIDAD DE LA REFORMA “PERO”
SOBRE LA BASE DE ESTOS PRECEPTOS

La Constitución, ese documento escrito que traduce y asegura las libertades, los derechos y las garantías, fue el fruto, a través de los tiempos, de una larga y a veces cruenta lucha entre poderes y el pueblo, entre la autoridad y la libertad, entre los privilegios de unos pocos y los derechos de muchos que querían ver asegurada su propia existencia. Una Constitución no es sino la manera natural de ser un pueblo, es el modo de la existencia política de una comunidad, comunidad argentina y mendocina, que se basa en un conjunto de valores, que reconoce un complejo axiológico donde lucen la libertad, la justicia, la paz, el orden, el bienestar, el progreso y la solidaridad. Por eso, también una Constitución es, al mismo tiempo y simultáneamente, una verdadera realización y un programa. Es un bucear en la realidad actual, es un zambullirse en las circunstancias del hoy, del aquí y del ahora. Pero también es un programa operante que encara el porvenir, que mira las puertas del horizonte, que no traba el desarrollo sucesivo de las generaciones futuras, encadenadas en el devenir de los sucesos políticos y sociales. Porque una Constitución, finalmente, en frase de Joaquín V. González, es el documento escrito de la unión nacional. Por otra parte, no queremos que una Constitución nueva, íntegramente redactada, por más que recoja buenas intenciones, se convierta en lo que los constitucionalistas llaman gráficamente el catálogo de ilusiones. En política, lo mejor es enemigo de lo bueno, y la política no es sólo el arte de lo ideal, sino la manera de hacer posible ese ideal. No creamos, inocentemente, que por la sola inclusión de cláusulas constitucionales nuevas desaparecerán, como por encanto, los problemas argentinos y mendocinos. No pensemos que con la inserción de novedosas reglas conseguiremos la estabilidad económica y el progreso social. La norma por sí sola no hace ni modifica la realidad; la norma la induce, la acompaña, pero de ninguna manera la regla jurídica obra como fiat lux, creador de sucesos políticos y sociales. Cuidémonos, pues, del catálogo de ilusiones, por más buena voluntad que exista, porque correremos el riesgo de crear expectativas que no van a ser cumplidas, que van a verse frustradas por estar más allá, en exceso, de las posibilidades concretas del país y de la provincia. José Manuel Estrada enseñaba, al respecto, que las fantasías políticas son pecados que no purgan los teorizadores, sino que sufren los pueblos. Evitemos, entonces, la posibilidad de incorporación de disposiciones que van a quedar en la letra muerta de los libros; evitemos el infantilismo jurídico y político de creer que, con el hecho de la incorporación física de un texto, cambiará la realidad argentina. Finalmente y quizá lo más importante, debe considerarse la gravedad, solemnidad y trascendencia de la faena. La reforma de una Constitución no es un hecho frecuente, habitual u ordinario en la vida de los pueblos. Es, por lo contrario, un acontecimiento extraordinario y singular. Esto sólo obliga a acometerla con ánimo abierto, generoso y no sectario. Una Constitución debe ser la resultante del acuerdo de los diversos grupos políticos, la consecuencia de una razonable transacción, la síntesis de las diversidades programáticas, la diagonal de las fuerzas sociales. De allí que ningún sector podrá con legitimidad esa creencia en la legalidad de accionar, aprovechándose de eventuales o hipotéticas mayorías circunstanciales, plasmar en el texto constitucional disposiciones que satisfagan sus intereses momentáneos o que estén destinados a hacer a aquellas perdurables. Una Constitución lo fue la nacional de 1853 y la provincial de 1916 no puede ser el producto de la imposición de unos sectores sobre otros, sino el futuro maduro de una liberación ponderada, serena, reflexiva y con grandeza. Porque no se legisla sólo para hoy, también para el día siguiente y el transmañana, de la misma forma que el texto no será sólo para nosotros y para nuestros hijos, posiblemente, para los hijos de éstos, los que aún no son. Esperamos confiados que la tarea sea emprendida con esta disposición espiritual. Porque una Constitución es un magno acuerdo entre las distintas corrientes ideológicas que, superándolas, las abarca y las engloba a todas en un proyecto común de vida, pudo decir Juan Manuel Estrada, hace cien años, que el día que la Ley Fundamental sea alterada para servir a los intereses de una facción, ese día habrán muerto para siempre la libertad y el decoro en la República.
Dr: Oscar Ligonie
Ex Diputado Provincial P.D.
Ex Senador Provincial P.D.


